Dos pequeños cuentos de Samurais. Eskrima views.


Desde que soy un niño siempre me apasionaron este tipo de cuentos que guardan en sí grandes enseñanzas y que además se perciben de una manera clara y reveladora cuando al fin del relato se nos revela el porqué de la narración. Son cuentos por muchos conocidos y que se quizás mitifiquen en exceso la imagen del Samurai, sin entrar a juzgar este tipo de historias, lo que sí es interesante es que muchos de estos relatos están escritos en clave de Zen y esto sin duda sí que merece mucho la pena…os dejo dos cuentos, diferentes entre sí, con un sabor muy marcial…y del que quizás podamos sacar algunas reflexiones para aplicar en nuestras propias vidas.


El Samurai y el Pescador

Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurai que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para cobrarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurai, que era famoso por su mal genio. El Samurai fue a su hogar y al no encontrarlo, lo buscó por todo el pueblo. A medida que pasaba el tiempo  se daba cuenta que el desgraciado pescador se estaba escondiendo…comenzaba a montar en cólera. Finalmente, al atardecer el Samurai enfadado sin límite encontró bajo un barranco al que consideraba un miserable. En su enojo, desenvainó su espada y le gritó: ¡¿Qué tienes que decirme!?.

El pescador replicó, “Antes de que usted me mate, me gustaría decirle algo. Humildemente le pido esta posibilidad.” El Samurai dijo, “Ingrato! Te presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes de esta manera. Habla antes de que cambie de opinión!”

“Lo siento”, dijo el pescador. ” Lo que quería decir era esto: Acabo de comenzar el aprendizaje de las Artes Marciales y la primera cosa que he aprendido es éste precepto: “Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano.”

El Samurai quedó petrificado al escuchar esto de los labios de un simple pescador. Envainó su espada y dijo: “Tienes razón. Pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero o será tu vida la que pierdas” Así marchó.

Había anochecido cuando el Samurai llegó a su casa a varias jornadas de viaje de donde vivía el pescador y, como era costumbre, estaba a punto de anunciar su regreso, cuando se vio sorprendido por un haz de luz que provenía de su habitación, a través de la puerta entreabierta.

Agudizó su vista y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta de que era un samurai!

Sacó su espada y sigilosamente se acercó a la puerta de la habitación. Levantó su espada preparándose para atacar a través de la puerta, cuando se acordó de las palabras del pescador: “Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza restringe tu mano.”

Volvió a la entrada y dijo en voz alta. “He vuelto”. Su esposa se levantó, abriendo la puerta salió, junto a ella salió la madre del Samurai para saludarlo. La madre estaba vestida con ropas que pertenecían a él. Se había puesto ropas de Samurai para ahuyentar a los intrusos durante su ausencia.

El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. El Samurai hizo nuevamente el largo viaje. El pescador lo estaba esperando. Apenas vio al Samurai, este salió corriendo y le dijo: “He tenido un buen año. Aquí está lo que le debo y además los intereses. No sé cómo darle las gracias!”

El Samurai puso su mano sobre el hombro del pescador y dijo: “Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el endeudado.”


El secreto de la vía del sable

Un joven fue un día a acercarse a un Maestro de Kenjutsu ( el arte del Sable) para ser un alumno. El maestro aceptó y dijo: “A partir de hoy, iras cada día a cortar troncos al bosque y a buscar agua al río.” Esto fue lo que el joven hizo sin rechistar. Después de tres años, se dirigió al maestro y le dijo: “Yo he venido para aprender la vía del sable y hasta ahora ni siquiera pasé de la puerta del Dojo…”.

“Muy bien, -le dijo el Gran Maestro-, pues hoy entrarás.” Sígueme. A partir de este momento – le dijo el maestro-, marcharás alrededor de la sala, pisando cuidadosamente el borde del tatami, es importante, nunca debes traspasar el borde…

El discípulo practicó el ejercicio durante un año, al fin del cual estaba tan encolerizado que se dirigió al Maestro y le gritó: “Me voy, no he aprendido nada del arte que vine a aprender, tan solo he sido tu sirviente, me voy!!!!…”

“No, -le dijo el Maestro- hoy voy a continuar enseñándote. Ven conmigo…”

El Maestro llevó al joven frente a una montaña..acto seguido lo llevó al borde de un gran precipicio. Un tronco de árbol hacía de puente sobre el vacío para cruzar al otro lado…

“Bien, pasa al otro lado”, dijo el Gran Maestro al discípulo, éste se quedó paralizado por el miedo.

Mirando al abismo, lleno de miedo y de vértigo, el joven no era capaz de dar ni un pequeño paso. En ese preciso momento llegó un ciego, que tanteando con su caña, sin rechistar, se metió en el frágil pasaje y  tranquilamente cruzó al otro lado.

No fue preciso nada más para que el joven perdiera el miedo, así y sin más dilación pasó rápidamente al otro lado del precipicio.

Su maestro le gritó: “Has dominado el secreto de la esgrima: abandonar el ego, no temer a la muerte y ser indiferente a las circunstancias adversas. Cortando troncos, desarrollaste la musculatura, marchando con atención al borde del tatami perfeccionaste tu equilibrio, y hoy has comprendido el secreto de la “Vía”, creo que serás entre todos el más fuerte…

Si quieres leer otro cuento visita nuestra entrada: El monje y el Samurai 

 

José Díaz Jiménez

 

José

José

“Si vis pacem, para bellum”

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